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No es el uso prudente y razonable del vino lo que condeno, sino el abuso que lleva a la embriaguez, que produce la borrachera, que va quemando poco a poco el organismo humano y condena a la idiotez, a la enfermedad o a la muerte al desgraciado bebedor.
La Sagrada Escritura dice que el vino fue creado para la alegría, no para la embriaguez. Dice también que el vino alegra el corazón, pero nos advierte, en cambio, que el vino y las mujeres son capaces de trastornar a los más sabios; que el vino es lujurioso, que bebido en abundancia, es amargura del alma y crea desgracias irreversibles.
Imposible que yo pueda condenar al vino que Nuestro Señor eligió nada menos que para materia de la Sagrada Eucaristía y para convertirlo en su preciosa sangre.
Si el vino fuera malo, no hubiera convertido en él nada menos que seiscientos litros de agua, para que lo bebiesen los de las bodas de Caná.
No; el uso de el vino no es malo. El vino es fuego, y como fuego, calienta, alegra, ilumina.
Pero guardaos del fuego y no lo encendáis demasiado, por que entonces ese mismo fuego que os calienta os abrasará; ese que os alegra os quemará; ese que os ilumina os cegará.
Todo hombre tiene derecho a usar moderadamente del vino, y cuando se quiere obsequiar delicadamente a los amigos se les ofrece una copa de vino generoso.
Más hay que confesar que el vino es peligroso. Si bebéis agua no corréis peligro ninguno. El que tiene sed bebe deliciosamente el agua; más extinguida la sed, cesa de beber. En cambio, el que bebe vino no se harta de vino y desea siempre beber más.
El agua no llama al agua, pero el vino llama al vino, y es proverbio bien antiguo el que dice. <<>> (El que bebe beberá)
No harta el vino; antes todo lo contrario. Por lo cual debe el hombre beber con reflexión y no ceder al gusto cuanto quiera.
Por lo tanto, todo el que quiera vivir ordenadamente y conservarse con virtud y decoro, beba poco, beba a sus horas, beba en buenas condiciones, donde esté libre de tentaciones de beber más allá del límite debido.
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